miércoles, 5 de junio de 2013

Por qué no creer

Cuando un adulto ve un truco de magia lo primero que quiere saber es qué hay detrás, cómo ha podido llevarse a cabo, imaginamos todas las posibilidades y repasamos mentalmente todos los movimientos que ha hecho el mago. Es normal, somos curiosos por naturaleza. Pero, ¿y un niño? De niños también sentíamos curiosidad por saber cómo se había hecho el truco pero nos conformábamos con la respuesta del mago, magia. Y lo mejor es que le creíamos.

Por qué no creer
, por qué limitar a veces nuestras ideas o incluso las de los demás por el simple hecho de haber dejado atrás el niño que un día fuimos. Habría que ilusionarnos más y preocuparnos menos.

La realidad y la noción que nosotros tenemos de ella es algo muy relativo. En algún momento de nuestras vidas todos alcanzamos esa madurez de la razón que nos hace abandonar poco a poco los razonamientos infantiles, el ingenio que suele caracterizar a los niños, el mundo generalmente sin preocupaciones que muchas veces se echa de menos.

Todos llegamos a ese dramático (para unos más que para otros)  momento llamado adolescencia en el que todo nuestro alrededor empieza a cambiar, incluidos nosotros mismos: ya no nos hacen ilusión las mismas cosas que antes, tenemos que empezar a asumir responsabilidades, cumplir obligaciones y aprender a enfrentar los problemas de un día a día en el que tenemos que aprender a ser independientes. Es entonces cuando nos damos cuenta de que no todo es como querríamos que fuese, nos damos chocazos contra la pared y vamos poco a poco aprendiendo a movernos en el llamado "mundo adulto".

Y yo me pregunto, ¿y qué? Conservar algo que éramos antes de entender el significado de compromiso o responsabilidad no está de más, incluso creo que es necesario cuando está visto y comprobado que es precisamente la noción adulta de la realidad la que puede llegar a limitarnos sobremanera (sobre todo en cuestiones de imaginación o creatividad).

"El que no cree en la magia nunca la encontrará" dijo el escritor estadounidense Roald Dahl, yo suscribo sus palabras.






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